Eco.
El exterior del edificio estaba cubierto de pastizales que denotaban el abandono de años enteros. Apenas podía distinguirse la forma geométrica de la edificación. Un cuadrado perfecto, tres pisos. El techo tenía tejas de color ladrillo o tal vez eso era lo que se adivinaba a través del moho y los excrementos de las aves. No había puerta y rodeado de la penumbra mas negra que jamas observé, la curiosidad me invitaba a adentrarme en lo desconocido.
El eco de la noche me hablaba. Era un susurro, apenas una leve onda de sonidos, pero los escuchaba cada vez mas cercanos. Encendí la linterna y atravesé los cinco escalones que separaban la galería de la entrada principal. La madera crujía, acaso dando cuenta de la erosión de la humedad de décadas. Solo escuchaba mis pasos y los latidos cada vez mas frenéticos de mi corazón.
Un pasillo angosto que desembocaba en una escalera. Subí cada escalón con la certeza del que no puede volver atrás. Me vi parado en la altura de aquella estancia oscura. Otra vez un pasillo y en el final una puerta blanca. Mi linterna se apagó, pero la claridad que se filtraba por las grietas de la madera iluminaba todo el lugar. Una claridad azul, casi de color lavanda. Me precipité y sin pensarlo mi mano alcanzó el picaporte. Quise abrir pero algo me lo impedía. Empujé con todas mis fuerzas pero no había caso. Me dí por vencido y al voltearme, la puerta se abrió lanzando un gemido oxidado. Sentí escalofríos y tuve pánico. Me arrepentí en el instante de todo. Una lágrima rodó por mi mejilla. Una mano rozó mi hombro.
Ya nada sería igual que antes.
El eco de la noche me hablaba. Era un susurro, apenas una leve onda de sonidos, pero los escuchaba cada vez mas cercanos. Encendí la linterna y atravesé los cinco escalones que separaban la galería de la entrada principal. La madera crujía, acaso dando cuenta de la erosión de la humedad de décadas. Solo escuchaba mis pasos y los latidos cada vez mas frenéticos de mi corazón.
Un pasillo angosto que desembocaba en una escalera. Subí cada escalón con la certeza del que no puede volver atrás. Me vi parado en la altura de aquella estancia oscura. Otra vez un pasillo y en el final una puerta blanca. Mi linterna se apagó, pero la claridad que se filtraba por las grietas de la madera iluminaba todo el lugar. Una claridad azul, casi de color lavanda. Me precipité y sin pensarlo mi mano alcanzó el picaporte. Quise abrir pero algo me lo impedía. Empujé con todas mis fuerzas pero no había caso. Me dí por vencido y al voltearme, la puerta se abrió lanzando un gemido oxidado. Sentí escalofríos y tuve pánico. Me arrepentí en el instante de todo. Una lágrima rodó por mi mejilla. Una mano rozó mi hombro.
Ya nada sería igual que antes.
Comentarios
Publicar un comentario